La forma en la que construimos y habitamos nuestros vínculos, nuestras amistades, nuestras relaciones familiares y de pareja hablan de cómo nos han amado y cuidado.
Texto: Teresa Almanza
¿Cuáles son esas relaciones bonitas que perduran pese a las dificultades y el tiempo; esas que hacen que nos den muchas ganas de vernos y que algunos vínculos se vuelvan un faro que nos alumbra la vida?
La forma en la que construimos y habitamos nuestros vínculos, nuestras amistades, nuestras relaciones familiares y de pareja hablan de cómo nos han amado y cuidado, de cómo hemos sido vistos, de cómo hemos cerrado nuestras experiencias con otros.
Todos tenemos esa historia donde un o una amiga nos deja de hablar cuando tiene pareja o cuando deja de necesitar algo de nosotros. También sabemos que hay parejas que se recargan en nuestro trabajo y prosperidad, que esperan que les cuidemos de más o familiares que esperan que les resolvamos situaciones que les pertenecen… Cuando la falta de cuidado y de reciprocidad aparece, el desequilibrio pone todo en riesgo; y esto que no nos gusta ver ni pensar tiene su propia magia, tiene su propósito: sólo así podemos darnos cuenta de los lugares, las personas y las formas a las que no pertenecemos.
No queremos a quien no tiene un presupuesto emocional. No queremos a alguien que viene y solamente se sirve de nuestra compañía, nuestra presencia. No queremos a quien no está dispuesto, no queremos a quien viene a hablar de sí mismo siempre, no queremos a quien no tiene suficiente lugar en su vida y tiempo para nosotros.
Que cada salida del sol te recuerde que mereces vivir en entornos de cuidado, que nunca silencies tu voz cuando de pedir lo que necesitas se trata, que todo que das, regrese multiplicado para ti y los tuyos, que tu gente más querida sea un reflejo de todo tu amor, ternura y reciprocidad que llevas contigo pero sobre todo, que siempre recuerdes que cuando te alejes del cuidado, el equilibrio te espera siempre con los brazos abiertos.







