En una época en la que producir cine parece cada vez más posible, conseguir que alguien lo vea sigue siendo la verdadera hazaña.
Texto: Uriel Martiñón
@cinesapiens_mx
Cada octubre, Morelia modifica su ritmo. Durante diez días, las conversaciones cambian de escenario, las filas frente a los cines se alargan y una ciudad entera parece recordar que el cine mexicano no es únicamente una industria: es también una forma de mirarse a sí misma.
La edición 24 del Festival Internacional de Cine de Morelia reunirá 96 películas mexicanas provenientes de 17 estados: largometrajes, documentales, cortometrajes y trabajos de la Sección Michoacana. Detrás de esa cifra hay decenas de directores, actores, fotógrafos, guionistas y productores que han dedicado años a conseguir algo que parece sencillo y cada vez resulta más complicado: que alguien se siente y mire, que alguien se siente a sentir.
Pero quizá la pregunta importante no sea cuántas películas llegarán al FICM, sino cuántas sobrevivirán al FICM.
Porque el festival puede convertirse en una extraordinaria vitrina, pero también en una especie de paradoja: una película puede ser descubierta, discutida, premiada y ovacionada durante unos días para después enfrentarse al silencio. La cartelera cambia, las plataformas priorizan lo que ya tiene audiencia y el algoritmo difícilmente tiene espacio para aquello que todavía necesita ser descubierto.
El problema del cine mexicano, entonces, no necesariamente está en la falta de historias. Está en la distancia entre hacer una película y conseguir que encuentre a su espectador.
Del 16 al 25 de octubre, Morelia volverá a convertirse en un lugar donde verás historias extraordinarias, otras imperfectas y algunas que desaparecerán demasiado pronto. Pero todas tendrán, al menos durante unos días, la posibilidad de ser escuchadas.






