¿Cómo se entiende el vino a grandes rasgos? Es la pregunta que me persigue.
Texto: Joanna Vallejo
@sommelieralacarta
¿Cómo se entiende el vino a grandes rasgos? Es la pregunta que me persigue. De un lado, la obsesión por la clasificación, el château y el renombre; del otro, la búsqueda del placer inmediato, lo goloso y la etiqueta llamativa que no esconde su uva. Esta colisión tiene nombre: Viejo Mundo vs. Nuevo Mundo. Dos filosofías que, en teoría, nunca convergen.
El Viejo Mundo es el referente de la disciplina. Legislaciones de hierro que dictan qué plantar, cuántos kilos cosechar por hectárea y cuánto tiempo exacto debe dormir el vino en madera. Si bebes un Rioja sea Cosecha, o Gran Reserva, el Consejo Regulador te garantiza un estándar, un estilo y una promesa cumplida.
Frente a él, el Nuevo Mundo se levanta libre, creativo y casi insolente. Sin reglas que limiten su expresión, se acerca al consumidor de forma directa. A este comensal no le quita el sueño saber si su Pouilly-Fuissé tiene un primo lejano en Napa; solo busca que su Chardonnay esté frío y bueno. Punto.
Esta era la certeza inamovible hasta 1976. Steven Spurrier, desde su legendaria L’Académie du Vin en París, estaba convencido de que nada superaba a Francia, y mucho menos un vino estadounidense. Así, junto a su socia Patricia Gallagher, organizó lo que debía ser una confirmación del dominio francés, pero terminó siendo el hito que cambió el mercado global para siempre.
El Jurado: Los verdugos de su propio orgullo
Spurrier no dejó cabos sueltos. Convocó a la aristocracia del paladar francés. Nueve jueces, solo franceses, de prestigio indiscutible cuya palabra era ley: Aubert de Villaine (DRC), Odette Kahn (Revue du Vin de France), Jean-Claude Vrinat (Taillevent), y figuras del INAO y la guía Gault Millau. El resultado era, en teoría, inapelable.
Pero había un invitado inesperado: George M. Taber, periodista de la revista Time. Fue el único periodista que aceptó ir. Su presencia fue vital; él no solo presenció la cata, sino que rescató las papeletas de votación que algunos jueces intentaron recuperar cuando el pánico estalló.
Durante la cata a ciegas, la soberbia jugó malas pasadas. Raymond Oliver, al probar un Chardonnay de Napa, exclamó convencido: «¡Ah, finalmente regresamos a Francia!» Al final, California arrasó. Chateau Montelena 1973 humilló a los grandes blancos de Borgoña, y Stag’s Leap Wine Cellars 1973 dejó atrás a leyendas como Mouton-Rothschild y Haut-Brion, ensambles bordeleses.
La joya que sobrevivió al tiempo: Freemark Abbey
Lo que pocos cuentan es la hazaña de Freemark Abbey. Fue la única bodega elegida por Patricia Gallagher, tanto con su blanco como con su tinto (añada 1972). Y no fue suerte de un día: en 1981, un jurado de 88 expertos repitió el juicio y su Cabernet Sauvignon volvió a coronarse sobre Château Lafite-Rothschild. En 2017, en Tokio, su añada 1969 volvió a ganar el primer puesto.
Hoy, en 2026, a medio siglo de aquel terremoto enológico, este vino icónico habita en México. Freemark Abbey es, quizás, la puerta más tangible y honesta para entender por qué Napa Valley se convirtió en un referente mundial. Es una inversión en historia líquida para quienes buscan entender el poder de un terroir que no pidió permiso para ser grande.
Mi juicio personal
Como Sommelier obsesionada con cuestionar mis propios gustos, este aniversario me deja una lección profunda: ser el mejor un año no te otorga una victoria perpetua, pero perder un concurso no borra el legado de una bodega. Como consultora de restaurantes, confieso que el Cabernet Sauvignon de Freemark Abbey es un «imprescindible» en mis cartas más glamurosas; no solo por su impecable factura técnica, sino por su storytelling imbatible.
La pregunta no es si el Nuevo Mundo superó al Viejo, sino por qué seguimos esperando que alguien más nos diga qué es un «buen vino». Yo ya emití mi veredicto. Ahora te toca a ti ser el juez.
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Tu juiciosa y casi siempre amante del Viejo Mundo, Sommelier a la Carta Joanna Vallejo.







