Cada cierto tiempo, alguien en el mundo declara la muerte del cine en salas como si esto fuera un ritual necesario para confirmar que sigue vivo.
Texto: Uriel Martiñón
@cinesapiens_mx
Cada cierto tiempo, alguien en el mundo declara la muerte del cine en salas como si esto fuera un ritual necesario para confirmar que sigue vivo. ¿Es el cine el nuevo periódico, próximo a desaparecer, en este mundo cada vez más digital?
La aparición de las plataformas digitales que todos conocemos y hemos usado, pareció, para muchos, el golpe definitivo: acceso inmediato, catálogo infinito y control absoluto del espectador. ¿Para qué salir de la comodidad de tu casa si todo cabe en una pantalla? ¿Para qué pagar un boleto por una película cuando puedes pagar por ver cientos?
Lo que no nos damos cuenta es que la pregunta no es si el cine está muriendo, sino qué tipo de cine está dejando de existir.
Las salas ya no son el espacio cotidiano que fueron durante décadas; han perdido la frecuencia, pero no necesariamente el sentido.
Hoy, más que nunca, el espectador selecciona cuándo vale la pena salir (y gastar) y lo hace por el espectáculo, por la gran producción, por el blockbuster, por la conversación colectiva y por la promesa de vivir algo extra en una pantalla más grande y que no se puede pausar.
Ahí radica la diferencia crucial. El streaming ofrece consumo; la sala ofrece experiencia.
Una película vista en casa puede ser interrumpida o distraída por muchos factores y además olvidada a los pocos días.
En cambio, en la oscuridad compartida de una sala, el tiempo se impone: te obliga a mirar, te obliga a escuchar, te obliga a permanecer y es ahí que se convierte en un pacto tácito entre desconocidos que se sumergen a un mismo fin.
El problema, entonces, no es tecnológico sino cultural.
El cine en salas no muere; sino que se transforma en evento. Y como todo evento, cada vez exige más y con ello, mejores historias, mayor ambición de producción y a veces hasta un sentido de urgencia. Quizá la gente ya no va al cine por costumbre, sí, eso se ha perdido y sí, cuando la gente va al cine espera algo memorable.
Tal vez la verdadera pérdida no es la desaparición de las salas, sino la renuncia a esa experiencia colectiva que recuerda que el cine, antes que contenido, fue siempre un acto compartido.
Quizá el futuro del cine en salas sea incierto, pero mientras haya quienes se sumergen en la pantalla con esa fe silenciosa, el cine, al menos, seguirá respirando.
¡Me encantaría leerte!



