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El mundial y el cine: la misma necesidad de creer.

Cada cuatro años, el mundial demuestra algo que el cine lleva más de un siglo perfeccionando: la capacidad de construir tensión, héroes y tragedias. Porque, en el fondo, un mundial y una película se parecen más de lo que piensas.

Texto: Uriel Martiñón
@cinesapiensmx

Cada cuatro años, el mundial demuestra algo que el cine lleva más de un siglo perfeccionando: la capacidad de construir tensión, héroes y tragedias. Porque, en el fondo, un mundial y una película se parecen más de lo que piensas. Ambos viven de la expectativa, de la narrativa y de esa vieja necesidad, esa increíble e insólita capacidad humana de creer que algo extraordinario está a punto de suceder.

El cine ha explorado el fútbol desde distintas trincheras. The Damned United (Hooper, 2009) mostró el lado oscuro de la obsesión competitiva; Bend It Like Beckham (Chadha, 2002) nos enseñó más que fútbol, nos enseñó identidad, tradición, deseo y que el balón también puede ser un acto de rebeldía. Looking for Eric (Loach, 2009) y cómo un ídolo del fútbol como Eric Cantona puede convertirse en refugio emocional y brújula moral.

Y ahí está su mayor parentesco con el cine: ambos dependen de las construcciones emocionales para vivir. Es como en Rocky, no importa solo quién gana, sino cómo se llega hasta ahí. El montaje en el cine acelera el pulso; en el mundial lo hace un reloj y su tic, tac… Cada minuto que avanzan los convierte en una cuenta regresiva dramática, un thriller donde el desenlace nunca está asegurado.

El mundial hace algo que ninguna cámara puede replicar: lo vuelve real. No hay guion. No existe segunda toma. El error de un penal fallado o un gol al minuto noventa tiene la brutalidad del instante irrepetible. Es cine sin montaje, sin planeación o edición. 

Quizá por eso el fútbol ha producido algunos de los momentos más cinematográficos de la historia: Maradona haciendo El Gol del Siglo en 1986, Zidane saliendo en silencio tras su expulsión en 2006 o Messi abrazando, por fin, la copa en 2022. Son escenas que ningún guionista hubiera podido escribir o mejorar.

Tal vez por eso, cuando rueda el balón, millones se sientan frente a una pantalla con la misma disposición con la que entran a una sala de cine: emoción, catarsis y la posibilidad de salir convertidos, al menos ese día, en alguien más. Porque, al final, pocas cosas se parecen tanto al cine como un mundial. Y pocas cosas se disfrutan y nos llaman a millones como el cine y el futbol. 

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