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Sin Sabor a Mundial: Una copa de fútbol con reservas.

Cuando se trata del mundial hablamos de un ritual cultural esencial en el que México toma forma unitaria.

Texto: Dessy Gutiérrez
@dessygm

El periodo mundialista por lo menos como parte de la cultura veraniega mexicana cada cuatro años, olía a reuniones familiares, organizar quinielas previamente entre amigos, era traer las canciones oficiales, partidos y jugadores de tu selección aprendidos, conseguir o desempolvar la playera de la selección y aprenderte los canales para ver los sketches cómicos y esos análisis para saber si este será el mundial en el que México rompe su maldición para llegar al quinto partido. Porque en un país en donde el fútbol se respira por todas partes, hasta a quienes no les interesa normalmente o ni lo vemos con frecuencia, cuando se trata del mundial hablamos de un ritual cultural esencial, en el que México toma forma unitaria y hasta nos empapamos con esa esencia multicultural global que nos recuerda las diferencias, cualidades y bella existencia de los demás países que compiten en la cancha. 

Ahora que el pasado junio 2026 se compartió este evento entre México, Canadá y Estados Unidos creí que la euforia de ser también sede se sentiría por todas partes y no es que no haya habido esfuerzos de marketing, proyectos de infraestructura apresurados o el recordatorio en todos los medios, pero a diferencia de otros años la emoción se sintió diluida y fingida, como un golazo fuera de lugar. Tal vez tenga que ver con saber cómo se ha hecho negocio con precios exacerbados en los boletos, de cómo hay marcas que no tuvieron mucho que ver como patrocinadores oficiales, el cómo un evento que tuvo como objetivo inicial la convivencia deportiva multicultural ahora permitió realizarse en un país que prohíbe la entrada a 19 nacionalidades y con restricciones en decenas más, la hipocresía de sentir que mientras por fin tuvimos en casa el balón las autoridades aprovecharon al máximo la distracción por encima de los problemas estructurales que padecemos sin resolver desde siempre. Otra posibilidad sea que estos eventos pierden su atractivo cuando creces, maduras tus aficiones o sabes mejor lo que un evento con tantos intereses económicos y políticos implica. 

La única realidad es que crecí envidiando a la gente mexicana que vivió en carne propia la euforia de ser sede mundialista en 1968 y en pleno 2026, se sintió ese raro vacío donde las piezas no terminaron de encajar, solo sé que los envidio más que nunca.

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