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Tierra de Peña: Vino natural como legado.

En Colón, Querétaro, Tierra de Peña no nació como un proyecto de industria, sino como un sueño familiar.

Texto: Matty Guzmán
Fotografía: Cortesía

En Colón, Querétaro, Tierra de Peña no nació como un proyecto de industria, sino como un sueño familiar. La pasión de un padre por el vino y su deseo de retirarse entre vides se transformaron en algo más profundo: una manera de heredar un legado, de transmitir amor por la tierra y de trascender a través del tiempo.

En 2014 plantaron la primera hectárea con Tempranillo, Merlot y Cabernet Sauvignon, variedades que disfrutaban beber. Lo que comenzó como una ilusión pronto se convirtió en un camino de aprendizaje constante: entender el suelo, observar el ecosistema y descubrir cómo cada ciclo transforma la vid. Así, casi de forma natural, el viñedo fue tomando una dirección más consciente y agroecológica. Más que una técnica, es una filosofía que parte de una pregunta simple: ¿Cómo convivir con la tierra sin forzarla?

Fermentar sin intervenir

La decisión de producir vino natural fue consecuencia de esa misma mirada. En Tierra de Peña las fermentaciones se realizan sin intervención; no filtran, no clarifican y no añaden sulfitos. Permiten que las levaduras propias del viñedo se expresen y acompañan el proceso sin imponerlo. Cada botella es una cápsula de tiempo que contiene lo que ocurrió en el viñedo durante ese año: el clima, las decisiones tomadas, aprendizajes y nuevas ideas.

Sus vinos se describen como curiosos, resilientes y sutiles. Curiosos por la constante exploración; resilientes porque producir vino mexicano hoy implica enfrentar una industria joven, con insumos que muchas veces deben importarse; y sutiles porque privilegian la delicadeza sobre la intervención.

Un vino para compartir

Tierra de Peña no funciona como destino turístico tradicional. Las visitas son bajo cita y se convierten en encuentros íntimos para conversar, catar distintas etiquetas y compartir una tabla de quesos mientras se habla de perfiles, regiones y gustos personales.

Para ellos, el vino es profundamente individual. No hay una botella “correcta” para comenzar con el vino natural; lo importante es probar, ampliar el espectro gustativo y descubrir qué conecta con cada persona.

Cada etapa del proceso tiene su encanto: la vendimia, donde se decide el momento preciso según azúcar y acidez; la fermentación, que exige sutileza para extraer aromas y taninos; y finalmente el momento de compartir el vino, que revela el resultado de todo ese acompañamiento.

Si algo les ha enseñado la tierra es paciencia. La vid tiene un ritmo distinto al humano y exige respeto. Entenderlo es aceptar que los ciclos no se aceleran y que la diversidad, en el viñedo y en la vida, es la mayor riqueza.

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