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Durante el Mundial hacemos espacio para lo que nos emociona. ¿Por qué nos cuesta hacer lo mismo con el placer?

Cada cuatro años organizamos reuniones, cambiamos horarios, hacemos espacio en la agenda y movemos compromisos para no perdernos un partido. Pero ¿cuándo fue la última vez que hiciste lo mismo por tu relación? 

Cortesía: Platanomelón

Cada cuatro años organizamos reuniones, cambiamos horarios, hacemos espacio en la agenda y movemos compromisos para no perdernos un partido. Pero ¿cuándo fue la última vez que hiciste lo mismo por tu relación? 

Durante el Mundial reservamos tiempo para aquello que nos emociona. Lo anotamos en el calendario, cancelamos planes y hasta reorganizamos nuestra rutina. Sin embargo, cuando hablamos de placer o de intimidad, solemos esperar que simplemente sucedan. 

Creemos que el deseo sexual aparece… o desaparece, pero la ciencia nos cuenta que: El deseo forma parte de nuestra vida cotidiana, cambia de intensidad y, muchas veces, compite con otras prioridades. El trabajo, los pendientes, el cansancio o la falta de tiempo suelen ganarle el partido. 

Un estudio publicado en el Journal of Personality and Social Psychology (Hofmann, et al., 2012) analizó más de 7,800 registros de deseos cotidianos y encontró que el deseo sexual y el deseo de dormir son de los más intensos que experimentamos, pero también de los que más entran en conflicto con las exigencias del día a día. Además, mostró que, aunque la personalidad influye en cómo experimentamos el deseo, son las condiciones del contexto como el tiempo disponible, las personas que nos rodean o las circunstancias del momento las que tienen un mayor peso en sí finalmente actuamos sobre él.

“Tal vez no has perdido el deseo. Tal vez el deseo dejó de encontrar espacio.” 

Durante años nos han hecho creer que, si el deseo disminuye, el problema está en nosotras: que algo se apagó, que la rutina nos ganó o que hay algo roto por dentro. Pero el deseo no vive aislado de la vida. Convive con reuniones, jornadas laborales, hijos, pendientes y el poco tiempo que queda al final del día. 

Por eso quizá estamos buscando la respuesta en el lugar equivocado. No dentro de nosotras, como si el deseo fuera un interruptor que dejó de funcionar, sino sin mirar todo aquello que ocurre alrededor y que constantemente le quita espacio para aparecer. 

El deseo necesita algo que rara vez ponemos en la agenda: tiempo, descanso, seguridad, conexión y permiso para sentir. Porque el placer no suele nacer en el rush de las prisas ni entre pendientes resueltos a medias. Aparece cuando el cuerpo deja de sobrevivir y tiene la oportunidad de habitarse. 

Quizá esa sea la verdadera pregunta que nos deja este Mundial: si somos capaces de reorganizar nuestra vida para no perdernos un partido, ¿por qué nos cuesta tanto hacer espacio para aquello que también nos hace sentir vivas?

¿Por qué nos cuesta parar? 

Muchas veces vivimos bajo presiones sociales que nos llevan a cuidar, resolver y estar disponibles para los demás desde la obligación, la culpa o el miedo. No siempre son fáciles de identificar porque suelen estar disfrazadas de responsabilidad o de la idea de que “eso es lo que hace una buena madre, una buena pareja, una buena hija o persona”. 

Son todas esas acciones que realizamos porque creemos que debemos hacerlas, más que porque realmente las elegimos. 

Cuando vivimos desde esa lógica, nuestras decisiones dejan de responder a un deseo genuino y comienzan a estar impulsadas por el miedo al conflicto, la necesidad de aprobación o los roles que hemos aprendido a desempeñar. Con el tiempo, estas motivaciones agotan nuestra energía física y emocional, dejando muy poco espacio para conectar con nuestro propio placer. 

Así como durante el Mundial muchas personas reservan tiempo porque consideran que ese momento es importante, también podemos preguntarnos: ¿qué lugar ocupa hoy nuestro bienestar en la agenda? El tiempo no siempre aparece; muchas veces se construye.

¿Qué hacer?

• Deja de pensar que darte tiempo es egoísta. Cuidar de tu bienestar también es una forma de cuidar tus relaciones. 

• Haz espacio para la novedad. La investigación muestra que compartir experiencias nuevas favorece la conexión en pareja. No tienen que ser grandes planes: desde una cita diferente hasta visitar un lugar nuevo o hacer algo que les resulte divertido. La diversión fortalece la sensación de cercanía.

• Pregúntate desde dónde estás disponible. Antes de decir “sí”, detente un momento y reflexiona: ¿lo hago porque realmente quiero o porque temo decepcionar, generar un conflicto o sentir culpa? 

• Práctica poner límites. Los límites no alejan a las personas; ayudan a construir relaciones más seguras y equilibradas. Dar desde la libertad fortalece el vínculo. Dar desde la obligación termina desgastando. 

Porque, al final, así como elegimos hacer espacio para aquello que nos apasiona, también podemos aprender a reservar un lugar para nuestro descanso, nuestra intimidad y nuestro placer. El deseo no siempre necesita más intensidad; muchas veces solo necesita un poco más de espacio.

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